CARTA

Una Carta de Esperanza

El que tiene al Hijo tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios, no tiene la vida. — 1 Juan 5:12

Portada del artículo

Estimado(a):

Permítame dirigirme a usted con sincero respeto y una genuina preocupación por el tema más importante de nuestra existencia: nuestra relación eterna con Dios. Lo que compartiré con usted podría cambiar completamente su manera de entenderlo y relacionarse con Él.

La Biblia nos revela una realidad fundamental: Dios no es simplemente bueno o justo según nuestros estándares humanos; Él es absolutamente perfecto en Su santidad. En Isaías 6:3, los ángeles proclaman: «Santo, santo, santo, es el Señor de los ejércitos», repitiendo tres veces «santo» para enfatizar Su perfección absoluta. Esta santidad perfecta no es solo una característica de Dios, sino la esencia misma de Su naturaleza.

Por eso, Su exigencia hacia nosotros es igualmente perfecta: «Sed santos, porque yo soy santo» (1 Pedro 1:16). Y Jesús mismo lo confirma cuando dice: «Sed vosotros perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mateo 5:48). Dios no utiliza una balanza donde pesa nuestras buenas acciones contra las malas para determinar nuestro destino eterno; Su estándar es mucho más elevado. Él exige una perfección absoluta, una santidad completa, un historial sin mancha. Esta es una realidad que debemos enfrentar con honestidad: por nuestra naturaleza caída, por el pecado que habita en nosotros, jamás podremos alcanzar por nuestros propios medios este estándar divino. Como intentar escalar hasta el trono mismo de Dios con escaleras hechas de nuestros propios méritos, la distancia entre nuestra condición y la perfección que Dios demanda es incomprensiblemente vasta, más allá de todo alcance humano.

Aquí radica nuestro verdadero dilema: la absoluta perfección que Dios exige frente a nuestra inevitable imperfección humana. La Escritura declara sin ambigüedades: «No hay justo, ni aun uno; no hay quien entienda, no hay quien busque a Dios. Todos se han desviado, a una han llegado a ser inútiles» (Romanos 3:10–12), y «Por cuanto todos pecaron y no alcanzan la gloria de Dios» (Romanos 3:23). Esta distancia inconmensurable entre el esplendor de la gloria divina y nuestra condición actual revela una verdad fundamental: Dios no pide simplemente que hagamos más cosas buenas que malas, sino que seamos perfectos. Incluso nuestros más nobles esfuerzos son como intentar tocar el sol con las manos desde la tierra; un objetivo absolutamente inalcanzable por nuestros propios medios, pues como señala Santiago: «Porque cualquiera que guarde toda la ley, pero tropiece en un solo punto, se ha hecho culpable de todos» (Santiago 2:10). Desde esta perspectiva, incluso nuestras mejores acciones resultan insuficientes, como afirma Isaías: «Si bien todos nosotros somos como suciedad, y todas nuestras justicias como trapo de inmundicia» (Isaías 64:6). Esta verdad no pretende desanimarnos, sino ayudarnos a reconocer nuestra profunda necesidad: todos, sin excepción, hemos fallado en cumplir con la perfección que Dios justamente exige de nosotros.

Esta situación tiene consecuencias extremadamente serias. «Porque la paga del pecado es muerte» (Romanos 6:23a). Esta muerte va más allá de lo físico y significa estar separados de Dios para siempre en un castigo eterno. Como advierte Jesús: «No temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; más bien temed a aquel que puede destruir tanto el alma como el cuerpo en el infierno» (Mateo 10:28). La Escritura describe este estado como «el lago de fuego» donde «serán atormentados día y noche por los siglos de los siglos» (Apocalipsis 20:14–15). Cada pecado, por pequeño que parezca, es una rebelión contra un Dios infinitamente santo y merece su justo castigo, pues «el que guarda toda la ley pero ofende en un punto, se ha hecho culpable de todos» (Santiago 2:10).

¡Pero aquí resplandece la gloriosa noticia que hace estremecer al universo entero! Ante esta realidad aparentemente insalvable, el mismo Dios, movido por un amor que sobrepasa todo entendimiento, desplegó el plan más asombroso jamás concebido. La cruz de Cristo no es simplemente un evento histórico —es el acontecimiento supremo que divide la historia humana, donde el cielo y la tierra convergieron y la justicia perfecta de Dios se entrelazó milagrosamente con Su misericordia infinita. En ese sacrificio redentor ocurrió un intercambio divino de proporciones eternas: Jesús, el único verdaderamente inocente que ha pisado este mundo, voluntariamente tomó sobre Sus hombros inmaculados todo el peso de nuestra culpa, todo nuestro castigo, toda nuestra condenación. Como exclama la Escritura con asombro: «Al que no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros, para que fuéramos hechos justicia de Dios en él» (2 Corintios 5:21).

¡Qué maravilla indescriptible! Cristo, el tesoro del cielo, se hizo maldición para que nosotros pudiéramos ser bendecidos; se vistió de nuestra vergüenza para vestirnos con Su gloria; bebió hasta la última gota de la copa de la ira divina para que nosotros pudiéramos beber eternamente de la copa de la salvación. Este milagro de gracia nos permite ser declarados perfectamente justos ante el tribunal divino, no por nuestros propios esfuerzos que siempre serán insuficientes, sino porque Dios, en Su infinita misericordia, nos atribuye y nos cubre con la perfecta justicia que pertenece únicamente a Su Hijo amado. Es como si Dios nos vistiera completamente con el manto de la perfección de Cristo, viéndonos a través de Su justicia sin mancha.

Esta obra redentora nos revela la gracia de Dios en su máxima expresión. La salvación no es algo que podamos ganar, merecer o complementar con nuestros esfuerzos, por sinceros que sean. Es completamente un regalo del amor divino. «Porque por gracia habéis sido salvados por medio de la fe, y esto no de vosotros, sino que es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe» (Efesios 2:8–9). La gracia significa favor completamente inmerecido. Es Dios ofreciéndonos libremente lo que jamás podríamos obtener por nuestros propios méritos.

«Mas la dádiva gratuita de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro» (Romanos 6:23b). Observe la palabra «dádiva»: un regalo que se da libremente, sin costo para quien lo recibe, aunque haya costado todo al dador. Quizás usted se pregunte: ¿cómo puedo recibir este regalo sublime, esta manifestación suprema del amor divino que trasciende todo entendimiento?

Es absolutamente esencial comprender que la salvación, aunque es un regalo totalmente gratuito de Dios, requiere de nosotros una respuesta concreta: genuino arrepentimiento y fe en Jesucristo. Como Él mismo lo declaró: «Arrepentíos y creed en el evangelio» (Marcos 1:15). Precisamente en estas dos acciones inseparables —arrepentimiento sincero y fe verdadera en Cristo como único Señor y Salvador— se encuentra la única respuesta válida ante la gracia divina.

El arrepentimiento que exige Dios es diferente al que estamos acostumbrados. No se trata de un mero sentimiento de pesar por nuestros errores o de prometer que intentaremos ser mejores personas. El arrepentimiento bíblico consiste en reconocer con humildad que hemos vivido en rebeldía contra nuestro Creador y tomar la firme decisión de abandonar ese camino para seguir el Suyo. Como lo declaró el apóstol Pablo, «Dios manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan» (Hechos 17:30).

Por otra parte, la fe salvadora va mucho más allá de aceptar intelectualmente ciertas verdades sobre Cristo. Es un acto de confianza personal y completa únicamente en Él, sin reservas ni planes alternativos. Imagine que está cayendo desde una gran altura y solo hay un paracaídas disponible: Cristo. No puede elegir otro, no existe ningún otro. No puede decir «confío en Cristo, pero por si acaso también en Buda» o «confío en Cristo, pero también en la Virgen María como respaldo». Cristo es el único paracaídas. No hay plan B. No hay alternativas. Buscar otra opción es negar Su suficiencia y exclusividad. La Escritura es absolutamente clara en Hechos 4:12: «Y en ningún otro hay salvación, porque no hay otro nombre bajo el cielo dado a los hombres, en el cual podamos ser salvos».

Esta verdad fundamental nos enseña que depositamos toda nuestra esperanza de salvación única y exclusivamente en Su sacrificio redentor, sin añadir nuestros méritos o buscar otras fuentes de seguridad eterna. Cristo mismo declaró: «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre sino por mí» (Juan 14:6). La Escritura lo afirma claramente: «Que si confiesas con tu boca a Jesús por Señor, y crees en tu corazón que Dios le resucitó de entre los muertos, serás salvo» (Romanos 10:9). Esta fe implica renunciar definitivamente a cualquier confianza en nuestros propios méritos o en cualquier otro nombre, religión o sistema de salvación para aferrarnos solamente a los méritos de Cristo.

Permítame hacerle una pregunta crucial: cuando llegue ante Dios después de esta vida y Él le pregunte: «¿Por qué debería permitirte entrar al cielo?», ¿cuál sería su respuesta? Muchos confían en su sinceridad religiosa, buenas obras, sacramentos o esfuerzos personales, pero ¿ha considerado lo que la Biblia realmente dice sobre este asunto trascendental?

Las Escrituras nos revelan con claridad que la única respuesta que Dios acepta es: «Señor, no vengo por mis propios méritos. Mi confianza está puesta completamente en el sacrificio de Jesucristo. Él pagó mi deuda y me otorgó Su perfecta justicia». No pretendo cuestionar sus convicciones personales, sino invitarle a examinar lo que realmente dice la Palabra de Dios: ¿está su esperanza de salvación fundamentada en lo que usted hace por Dios o en lo que Cristo ya hizo por usted?

«He aquí, ahora es el tiempo propicio; he aquí, ahora es el día de salvación» (2 Corintios 6:2b). Estimado, la vida es un regalo frágil y la eternidad nos espera a todos —con dos destinos posibles: la gloria eterna o la condenación perpetua. Con sincero aprecio le invito a reflexionar sobre estas verdades bíblicas. Si reconoce el llamado divino, sepa que puede responder en la simplicidad y privacidad de su corazón, sin ceremonias especiales ni fórmulas complicadas. Simplemente reconozca ante Él su necesidad de perdón, su dependencia de la obra de Cristo, y confíe completamente en Jesús como su único Señor y Salvador. La promesa divina permanece firme: «Todo aquel que invocare el nombre del Señor será salvo» (Romanos 10:13).

El que tiene al Hijo tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios, no tiene la vida.— 1 Juan 5:12

Giovanny Rey Cediel
Escribe en Refugio Fiel ensayos, estudios y exposiciones bíblicas para edificación de la iglesia. Tiene una Maestría en Ministerio Bíblico (MMB) del Master's Seminary y ha hecho del estudio de la Escritura el centro de su vida.